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Lydia Valentín pone en su sitio a Pablo Motos

Pablo Motos no aprende o directamente no quiere aprender. ¿Por qué narices cada vez que va una mujer a su programa todas sus preguntas derrochan un tono machista que destroza todo lo demás?

Empezó bien, mostrando todas las medallas de la campeona, recordando que es la única española (y español) que ha logrado hacerse con el mundial de halterofilia, señalando sus logros, su triple corona, “los momentos chulos de su vida”. Parecía que todo iba a ir sobre ruedas, que Lydia iba a poder contar, sin ningún extraño fenómeno, su trabajo, su esfuerzo, sus logros… Y lo hizo, os aseguro que lo hizo.

Explicó cada una de sus medallas, explicó “de subidón” la medalla de plata de Pekín 2008 (sí, una década después) que ayer mismo le entregaron, contó la historia que hay detrás de esa medalla, de las rivales que acabaron sancionadas por dopaje, y de la larga y desesperante espera de Lydia.

Es bastante penoso que se tenga que descubrir 10 años más tarde y entregar una medalla tan tarde (…) Esto es deporte y hay que respetar los valores del deporte y no se puede ganar haciendo trampas. Hay que ganar con esfuerzo y trabajando como hago yo”.dijo Lydia.

Entrena seis horas diarias, vive con agujetas, “sobre todo después de tiempos de descanso”, las “muchísimas” de sentadillas que hace diariamente, y que come “botillo del Bierzo” para tener “más energía” y la vida tan dura que lleva.

“Tú te levantas, comes, duermes y entrenas (…) No lo llamaría súper, súper divertida”, analiza Pablo Motos. “Tiene que ser así, tienes que tener una rutina, estás marcada por un objetivo y si no haces eso, otras personas lo están haciendo y esas personas quieren lo mismo que tú, esas medallas”, le replicó la campeona muy molesta.

Y como en muchas ocasiones, Pablo Motos siempre acaba metiendo la pata: “¿Pero no te da tiempo a enamorarte?” Pasando de hablar del deporte a la vida personal que debe llevar una mujer, por le echo de ser mujer.

“No existe la posibilidad de conocer a un tío, no sé, por ejemplo, en el súper…”, insitió Pablo. “No, no voy al súper”, responde una incómoda, en apariencia, Lydia Valentín. “¿Tiene que ser entonces de halterofilia? Pero no le estás haciendo caso porque tú estás a la tuya”, y venga la mula al trigo. “Claro, pasa y yo no me entero tampoco”.

“¿Entonces si estás en el primer nivel, en clase A, el mundo de la pareja es secundario?”, y ante la insistencia y la pesadez (que cansino puede llegar a ser cuando se le mete algo en la cabeza) Lydia le puso en su sitio: “Yo ahora mismo tengo unas prioridades importantísimas que son centrar toda mi atención hasta Tokio 2020, que quedan dos años y medio. Lo demás puede esperar”. Lydia lo pudo decir más alto, pero no más claro. No hacía falta decir nada más, ni preguntar nada más, ni insistir más.

La aplaudieron, claro que sí. Aplausos que significaban que sus palabras fueron toda una declaración de intenciones, todo un manifiesto por ella y por su profesión, pero a Pablo le entra por un oído y le sale por el otro.

“¿Estás llorando?”, le preguntó Lydia, ante la cara de Pablo. “No, no estoy flipando”. ¿Pero flipando por qué? ¿Por qué Lydia, como muchos otros profesionales (y hablo de hombres y mujeres) haya decidido que su objetivo y prioridad es la halterofilia y Tokio 2020 en lugar de encontrar una pareja, formar una familia y tener hijos? En fin…

“Estoy flipando, estoy poniéndome en tu lugar, viéndome a mí en tu lugar haciendo una sentadilla con muchísimo peso y una chica guapísima que viene, me mira y me sonríe, y entonces yo acabo el peso y digo ‘me he enamorado’, por ejemplo”. De verdad, que nunca llegaré a entender cómo llega a este tipo de preguntas y valoraciones. Debe ser que a mí me falla algo.

“¿Eso no te pasa?”, había que encontrar la respuesta como fuera. Y Lydia con toda su educación, con su sonrisa, con su bien estar respondió y de nuevo le colocó en su sitio: “Claro que me pasa”. “¿Pero dices que no, que espere?, y seguimos para bingo”.

Al final de la noche en Twitter se saldó con una crítica más hacia el presentador, que en cierto modo parece no aprender o no querer escuchar estas críticas que le acusan de dirigir las entrevistas con mujeres siempre hacia el lado amoroso.